divendres, 9 de novembre del 2018

El totalitarismo en marcha




Como buenos totalitarios, CUP y Colectivo Praga, contra la libertad ideológica y contra la libertad de expresión en el ámbito académico. Esto sale hoy en los medios, pero en las universidades los sufrimos día a día.

En el fondo el boicot que promueven no es un acto contra Lesmes, a quien le queda menos de un mes para dejar su cargo de Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. De lo que se trata es de amedrentar, de "ocupar espacio", de impedir el pensamiento libre y riguroso, en el más puro ejercicio de totalitarismo.

Ciertamente, la calificación de totalitario puede parecer, si no se profundiza en su significado, alarmista o malintencionada, cuando se pretende aplicar al proceso de independencia que una parte del nacionalismo catalán ha emprendido y que extiende sus tentáculos en todo el espectro social, universidades incluidas.

Para Hannah Arendt, el totalitarismo es un modo de dominación nuevo, diferente de las antiguas formas de tiranía y despotismo, por lo que no se le puede identificar únicamente con régimen dictatorial. También Claude Lefort se hace eco de la irrupción novedosa de tales sistemas, indicando que el terror, en el sentido hasta entonces considerado, no estaba estructurado de la misma manera en los autoritarismos de algunos países de la Europa del Este socialista, donde se ejercía de formas mucho más sutiles que en las dictaduras clásicas. Marcuse, a su manera, también se hizo eco de las manipulaciones ideológicas en “El hombre unidimensional” apelando a la conciencia que debería estar presente en las personas y que, como consecuencia de las limitaciones intrínsecas a la cultura oficial, derivan en la imposibilidad de escapar a tal coacción, creando una sociedad alienada.

Franz Neumann, que estudió el totalitarismo partiendo del nacionalsocialismo, destacó, siendo ello muy importante, en el trabajo que le fue encargado en el contexto de los Juicios de Nuremberg, que los principios básicos de la Constitución de Weimar nunca fueron formalmente derogados por el sistema nacionalsocialista, sino que precisamente fue el retorcimiento crujiente de los instrumentos de la democracia lo que permitió que se fueran desnaturalizando para dar paso al régimen hitleriano.

También en Orwell o Kundera, la ideología totalitaria se presenta a sí misma como una explicación certera y total del curso de la historia y del sentido de la vida, construyendo una narración épica de victoria, de consecución y, también, de venganza. Construye una visión del mundo ficticia pero lógicamente coherente, y deriva de ella directivas de acción cuya legitimidad se fundamenta en esa misma lógica interna. Con el método del olvido organizado y la supresión de la diversidad cultural, aparecen los plagiadores de la Historia y se desmorona la identidad particular de la conciencia individual.

Raymond Aron nos proporciona indicadores válidos para analizar cuándo un régimen tiende al totalitarismo. En su obra “Democracia y totalitarismo”, fundada en el análisis no únicamente ideológico o filosófico, sino en la praxis que deriva de las relaciones de fuerza, desgrana situaciones de facto que también podemos apreciar que se producen actualmente aquí, en nuestro país, en Cataluña. Aron analiza certeramente el monismo sociológico que subyace al totalitarismo, negando la independencia crítica de la persona, cuyo pensamiento es sustituido por la clarividencia de la ideología que se pretende dominante, ya se tratara, en su análisis y época, del fascismo/nacionalsocialismo o del marxismo-leninismo soviético.

La ideología totalitaria busca ser la única auténtica, la única válida, la que tiene que ser seguida porque sólo con ella, como se repite machaconamente en los discursos políticos del nacionalismo secesionista, se alcanzarán las debidas cuotas de progreso, de bienestar, de satisfacción del pueblo. Siempre bajo la dirección de una sola línea organizativa, que puede estar formada por la unión entre varias, hermanadas mediante fuertes lazos derivados de una finalidad común, el sistema totalitario no ofrece metodologías o prácticas de consenso al resto, ya que está en posesión de la verdad y se erigen en monopolio de la acción política “legítima”. Aquí y ahora, sólo ellos están legitimados para dirigir al nuevo país hacia su destino.

Esta identificación exclusiva con el objeto del sistema, al producir, en palabras de Adorno, una adhesión tal que provoca incapacidad para entender al otro, buscan sumar el apoyo de las masas para aparecer como fruto de la voluntad popular. Al volverse masivos, el totalitarismo condena ideológicamente a los opositores, porque al hacerlo defiende la voluntad y los intereses del pueblo. Así, pretenden hacernos creer que hablan en nombre de y representan a toda Cataluña, que tienen un “mandato democrático”, derivado de la mayoría absoluta numérica en el Parlament, que no se corresponde con ninguna mayoría social, ya que nunca han obtenido el respaldo de la mayoría del cuerpo electoral.

El totalitarismo puede, incluso, llegar democráticamente al gobierno. No es, pues, el análisis de si se ha sido o no elegido lo que le identifica. Lo que le identifica es la forma de ejercer el poder y las finalidades que pretende. Un gobierno puede ser elegido por el voto de la población y, posteriormente, desfigurar las instituciones e ir estableciendo sibilinamente un poder que alcance a todos los ámbitos. En todos los casos, se han apoyado en movimientos de masas que pretenden encuadrar a toda la sociedad, dividiéndola en buenos (quienes forman parte de ese movimiento) y malos (los contrarios).

Así que ya lo saben: Los "buenos" boicotearán el acto académico previsto en la Universidad de Barcelona. Los "malos" seremos tildados de fascistas, porque la "verdad democrática" la tienen los otros.

TERESA FREIXES