divendres, 9 d’abril del 2021

El Estado está para salvar a las personas y no las personas para salvar al Estado



Lo que parece estar pasando es que todo el mundo se cubre la espalda. Los ministros quieren pasar la pelota a los científicos. Quieren poder decir “qué triunfo para nuestras políticas” si las cosas salen bien; y “seguimos la ciencia” si salen mal. A los científicos no les gusta que los obliguen a cargar con el muerto por lo que es básicamente un juicio político. Quieren poder decir “estos fueron solo escenarios, no predicciones” si las cosas salen bien; y "te lo dijimos" si salen mal. Cada grupo intenta manipular al otro. Lamentablemente, faltan evaluaciones equilibradas basadas en pruebas reales.

Hay cosas más importantes en juego que la reputación de los ministros o sus asesores. Los seres humanos son animales sociales. La interacción con otras personas no es un lujo. Es una necesidad humana básica. También es la base de nuestra salud mental, nuestra organización social, nuestras actividades de ocio y nuestra economía.

Hay una raza de funcionarios de salud pública que son indiferentes a estas cosas. Nunca han reflexionado, al menos en público, sobre qué es lo que hace que la vida valga la pena. En lo que a ellos respecta, los seres humanos son solo instrumentos de la política de salud del gobierno. Harán fila para decirnos que es peligroso volver a la vida normal porque no podemos estar absolutamente seguros de que la vida normal esté libre de riesgos. Citarán las especulaciones más sombrías de los modeladores como evidencia de lo que “podría” suceder si el gobierno deja de tratarnos como animales enjaulados o especímenes inertes en algún laboratorio sociológico espantoso.

El Gobierno debe decidir ahora si las vacunas son eficaces para reducir las hospitalizaciones y las muertes, o no. Si son efectivas, entonces las restricciones a nuestras vidas son innecesarias y deben levantarse. Y si no son efectivos, entonces también deben levantarse, porque en ese caso vamos a tener que vivir con oleadas periódicas de Covid, ya que la única alternativa es prolongar indefinidamente el asalto actual a nuestra humanidad.
Lord Sumption



Los modelos que sirven para justificar los encierros masivos de población, la obligatoriedad de las mascarillas en todo momento y lugar, los cierres de escuelas, teatros o estadios deportivos, la clausura o limitación de aforos en bares y restaurantes, no han servido ni para reducir los contagios ni las muertes. 

Sin embargo, la mayoría de los altos funcionarios de la salud pública y los políticos a los que asesoran,  han sido incapaces de realizar la menor autocrítica (Fernando Simón admitió que "se confinó a la población porque no sabíamos que hacer" y Neil Ferguson reconoció: "China es un estado comunista de partido único, dijimos. No podíamos salirse con la nuestra en Europa, pensamos... y luego Italia lo hizo y nos dimos cuenta de que podíamos"). Los Gobiernos, víctimas de la falacia del 'coste hundido,  han invertido demasiado en los encierros para dar marcha atrás. 

No solo ha faltado autocrítica, tampoco han hecho una revaluarción de sus modelos para ajustarlos a la evidencia. Modelos que han omitido, ignorado o eludido datos relevantes como la estacionalidad (cómo influye la temperatura en el aumento de los contagios), la letalidad (la IFR de Covid es casi idéntica a la de la gripe) o la gravedad de los daños 'colaterales'.

La mayoría de los medios, por su parte, no han cuestionado nunca estas omisiones y errores. Por el contrario, han ayudado a difundirlos cerrando el círculo de la confusión. Así, por ejemplo, se habla de primera, segunda, tercera e, incluso, cuarta ola, como si la expansión del virus fuese un continuum sin estacionalidad alguna, a diferencia del resto de enfermedades respiratorias infecciosas.

Basta mirar las gráficas de un año de evolución del Covid-19 para constatar su estacionalidad en los dos hemisferios, con sus brotes anticipados y rebrotes declinantes. En realidad, solo ha habido dos 'olas': la del invierno del año pasado y la de este. En 2020, la epidemia llegó a finales de febrero, que es cuando apareció el virus por primera vez, y alcanzó su cenit en abril. La 'ola' correspondiente a 2021 llegó en noviembre y alcanzó su cénit en enero

Basta. también, mirar las gráficas para comprobar que las llamadas 'actuaciones no farmacéuticas' (eufemismo de cierres y confinamientos) no han modificado significativamente la evolución de la enfermedad, ni en contagios ni muertes, en comparación con los pocos países que no han impuesto tan drásticas medidas. 

En la gráfica superior, se pueden comparar tres países: España (47 millones de habitantes), Brasil (211 millones) y Suecia (10 millones). El primero, España, es uno de los países que aplicó las medidas más duras, mientras que Brasil no ha aplicado casi ninguna y Suecia muy pocas y casi todas ellas voluntarias. Proporcionalmente, las muertes por millón de habitantes son parecidas: 0,16% para España, 0,15% para Brasil y 0,13%% para Suecia (gráfica inferior)

Los datos son contundentes: los encierros no han logrado reducir ni los contagios ni las muertes. Pero si han producido una mortalidad 'colateral' en pacientes con otras dolencias graves, como el cáncer, que han visto retrasados sus tratamientos y diagnósticos. Han comportado un aumentado de los trastornos mentales en adultos, adolescentes y niños y han hundido países enteros en una crisis que ha arruinado a muchas empresas y dejado sin trabajo a cientos de miles de trabajadores.

Los encierros no han salvado vidas, sino añadido muertes. No han dado seguridad, sino que han dejado en la intemperie laboral y económica a millones de personas. Todo lo contrario de lo que debería ser una política de sanidad pública en un Estado de Derecho, que es aquél en el que el Estado está para salvar a las personas y no las personas para salvar al Estado.







JOSÉ GEFAELL @ChGefaell es el autor de e
stos tres gráficos