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divendres, 4 de setembre de 2015

No somos responsables de su muerte pero podíamos haber hecho algo más para evitarla



Era otro niño más que intentaba alcanzar Europa, en este caso para ir al Canadá. Se llamaba Aylan Kurdi y tenía tres años. Iba en un bote que salió de la costa turca con su madre y un hermano de 5 años, que también murieron. Pagaron unos mil dólares a los traficantes por cada una de las plazas en el bote. No sabían nadar y nadie les dio ni un miserable chaleco salvavidas. No somos responsables de su muerte pero hace tiempo que podríamos haber hecho algo más para intentar evitarla.

Una Europa con 27 puertas de entrada y en la que cada estado tiene que arreglárselas como puede frente a una crisis humanitaria de estas dimensiones no es ni unión, ni comunidad, ni nada. Si la UE no puede responder con eficacia a la crisis financiera y de la deuda ni tampoco a la crisis migratoria ¿para que sirve? O se sobrepone y culmina de una vez por todas su integración fiscal y política o tiene los días contados. Cada hora que pasa en la que Europa no sabe no contesta, las fuerzas centrífugas están más cerca de volver a levantar las fronteras interiores.

Bruselas lleva meses hablando de cómo hacer frente al caos migratorio, de reforzar la vigilancia de las fronteras exteriores, de mejorar las condiciones de acogida, de atacar en origen a las mafias clandestinas que trafican con seres humanos, pero no han hecho casi nada.

La UE no necesita más caras bonitas para tener una política exterior digna de este nombre sino un gobierno con competencias plenas para actuar en la arena internacional. Y más ahora que el imperio americano está en fase de inhibición. Hasta la llegada de Obama a la Casa Blanca, el mundo había funcionado gracias a la 'pax americana', pero el nuevo presidente decidió iniciar el repliegue de sus legiones, dejando en la estacada a amigos y aliados. Es hora, pues, de que la 'pax europea' empiece a substituir a la 'pax americana'.

La idea de Obama de que los conflictos los resuelvan las partes enfrentadas sin intervención directa del imperio o, como mucho, con algunas 'pulcras' operaciones puntuales a distancia, ha llevado a Siria a un infierno que parece eterno. Y ha creado en Europa un gravísimo problema de refugiados.

Si hubiese existido una intervención política y militar clara y contundente por parte de Occidente, el conflicto sirio no se hubiera podrido. Los refugiados, cómo pasó en Iraq, se hubieran quedado mayoritariamente en zonas próximas a la espera de poder regresar a casa cuanto antes. Pero el abandono de Siria a su suerte ha provocado la desesperación de la población, que al no ver un final a la guerra y constatar que nadie les echará una mano, han decidido huir en masa. Huyen a Europa, porque tiene recursos, capacidad y voluntad para socorrerlos, mientras que los seis ricos países árabes del Golfo no han acogido a ni uno.

Esta migración política se suma a la también intensa migración económica, para la cual la UE tampoco tiene una política propia. ¿Puertas cerradas? ¿Puertas abiertas? Ninguna de las dos parece posible, ni física ni políticamente. Sin embargo, sí existe una alternativa racional. Es la que propuso Gary Becker, Premio Nobel de Economia de 1992.

"Becker -escribe Guy Sorman- comparaba la inmigración con una inversión: el inmigrante corre un riesgo y a menudo paga a unos intermediarios para acceder al capital acumulado en el país de acogida. Por consiguiente, Becker proponía que el derecho de entrada, el visado de residencia o de trabajo de una duración más o menos larga, se tarificase y se pusiese en venta. Esto ya se hace, pero solo en beneficio de los inversores adinerados en la mayoría de los países desarrollados. Por tanto, el visado de trabajo tarificado para todos permitiría a los pobres endeudarse para invertir en su futuro– y acceder a los privilegios reservados actualmente a los más ricos. El mercado determinaría el valor del visado, porque algunos países, en determinadas circunstancias variables, resultan más interesantes por el trabajo disponible o por los servicios sociales a los que se accede. Este derecho al visado de pago eliminaría la mayor parte de la clandestinidad, si no la totalidad, reduciría los controles fronterizos y facilitaría la persecución de los infractores, cuyo número sería marginal".

Esta solución, sin embargo, tiene muy pocas posibilidades de prosperar o de ser tomada tan siquiera en consideración porque es un planteamiento racional y no emocional de la inmigración. Preferimos llorar ante las pantallas de televisión, mandar paquetes de ayuda humanitaria o incluso compartir nuestra casa con algún refugiado a permitir que se ponga un peaje razonable para que los inmigrantes puedan llegar como personas, con todas la de la ley, y no como animales hacinados en frágiles pateras, barcazas de desguace o furgonetas de la muerte, siguiendo el injusto camino del pequeño Aylan.



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