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dimecres, 28 d’octubre de 2015

El vaso de plástico [Salvador Sostres]

La elección de Carme Forcadell fue un insulto al soberanismo peor del que podría haber imaginado cualquier unionista. Se dice, por cierto, que no es una política y es mentira. Fue concejal del ayuntamiento de Sabadell con el alcalde Bustos, y formó parte entusiasta de su gobierno hasta el punto que cuando ERC decidió a volver a la oposición se aferró como una garrapata al cargo y sólo Dios sabe lo que nos costó desengancharla. Dándose cuenta de su oportunismo, y de su peligro, Esquerra se la quitó de encima y Forcadell acabó en la agitación callejera, como todos los que no saben comportarse en el «indoor» occidental y civilizado. El parlamento de este lunes no fue el inicio de nada sino el final de una época en que creímos que la vida era un regalo y no tendríamos jamás que pagar lo que se debe. El Parlament fue ayer un espejo de la mediocridad a la que siempre conducen los atajos, de la tristeza del tumulto, del vacío que inevitablemente resuena cuando el principal argumento no es el talento.

Ni hay suficientes independentistas, ni suficientes independentistas que estén dispuestos a pagar el precio. Esta agrupación de gente de camisa de cuadros, entre el vendedor ambulante de petardos y el antisistema que increpa al obispo en la celebración del Corpus de su pueblo mientras bebe cerveza en vaso de plástico, es la negación de la política y el catalanismo convertido en una mera cuestión de orden público.

El problema de Cataluña no es su financiación, ni el catalán, ni España como enemiga; sino esta satánica adoración de lo caído y del deshecho, y la grotesca falta de audacia de creer que vamos a ganar cuando en realidad estamos haciendo el más estrepitoso ridículo.


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