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dimecres, 18 de novembre de 2015

El chantaje de la CUP o porque hay que acabar con el perverso sistema electoral proporcional



La situación creada en Cataluña tras las últimas elecciones autonómicas ejemplifica a la perfección la perversidad del sistema electoral proporcional.

Gracias a él, un partido marginal, con sólo el 10% de los votos, puede imponer gran parte de su programa a cambio de permitir que la fuerza política que ha ganado las elecciones pueda formar gobierno. De esta manera, el programa electoral de la minoría desplaza, condiciona o recorta el programa electoral de la mayoría aunque, como en este caso, haya sido votado por casi el 40% de los electores.

La primera perversidad de este sistema electoral es, pues, facilita el puro chantaje.

El sistema electoral proporcional parece ser el más democrático de todos, pero es sólo una apariencia. En realidad, lo que hace es sustraerle al elector su único poder -el de elegir directamente a quién ha de gobernar- para entregarlo a los partidos. Dicho de otra manera, el sistema proporcional convierte el voto de los ciudadanos en un voto indirecto que da a los políticos la última palabra.

La segunda perversidad es, pues, que le birla al ciudadano su derecho a decidir.

Así, los partidos pueden hacer y deshacer a su antojo sin tener que someterse mucho, y a veces nada, a la voluntad de los electores. No sólo pueden condicionar el programa de gobierno de la mayoría sino que pueden incluso impedir que la mayoría gobierne gracias a pactos multipartitos, muchas veces contra natura.

La tercera perversidad es, pues, que el voto puede sirvir para lo contrario para lo que fue emitido.

Lo único que consigue el sistema proporcional es trasladar fielmente al parlamento el espectro político en el que está fragmentada la sociedad en cada momento. El voto sólo sirve como una encuesta, para medir las fuerzas de cada formación, pero no para que sea el ciudadano el que decida quién gobierna y quién no, salvo en las pocas ocasiones en que un partido o coalición obtiene la mayoría absoluta.

Resulta significativo que aquellos partidos que se consideran más democráticos, especialmente de izquierdas, sean los más ardientes defensores del sistema proporcional. Para ellos, la democracia es ante todo el instrumento que les da el poder y cuánto más poder les dé, mejor. Por el contrario, se oponen a todo lo que limite el poder político, que es precisamente lo que define -y para lo que nació- la democracia liberal.

Esta es, pues, la cuarta perversidad del sistema proporcional: la desnaturalización del sistema democrático.


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