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dimecres, 8 de juny de 2016

¿Se acerca el fin de la democracia?

DIE ZEIT.- The perception that democracy had triumphed over the last, supposedly most modern form of obliterating liberty – namely communism – was an illusion. The lure of the authoritarians is still alive. It has only changed its shape since 1990.

Today, it’s no longer an anti-capitalist ideology that is challenging democracy. Instead the challenge facing democracy is that confidence in it is being undermined by accusations that it’s become ideology itself, a kind of arrogant religion that doesn’t need to justify itself to anybody. There is a tacit agreement among all those who are currently mobilizing broad sections of the electorate, from Sweden to Hungary, to nurture this suspicion. The one sentence they would all subscribe to is this: We have pushed the whole issue of democracy and liberalization too far.

If we want to fight back against this new movement, we cannot merely stick the label of "right-wing populism" on it. No, the uncomfortable question we must ask ourselves is to what extent skepticism about today’s democracy is justifiable. If the recipe for success for the prophets of doom consists of pinpointing things that objectively need repair and mixing that with hatred of the system, then the best countermeasure is to separate the two again. That is, what is purely hatred and where does a backlog of necessary reforms truly exist?
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Sobre la banalización de la democracia occidental
REVISTA DE LIBROS.- Dice la copla, que a buen seguro conoce todo el mundo: «Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo, porque me matas / y sin ti, porque me muero». A poco que reflexionen ustedes sobre ello convendrán conmigo en la dificultad de encontrar un resumen más preciso de la paradójica relación que hoy existe entre la democracia y los partidos. Ciertamente, el generalizado desprestigio de estos últimos como instituciones de construcción y representación de los intereses colectivos ha acabado por afectar directamente a la propia percepción que sobre la calidad de los Estados democráticos tienen los ciudadanos que viven en los países más avanzados de Occidente. Y es que, como ya hace muchos años apuntó Crawford Macpherson en una obra ['La democracia liberal y su época'] tan breve como espléndida, «lo que cree la gente acerca de un sistema político no es algo ajeno a éste sino que forma “parte” de él [pues] determina lo que puede aceptar la gente y lo que va a exigir». | Roberto L. Blanco Valdés
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