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divendres, 17 de juny de 2016

Votar con la nariz tapada


Se atribuye al que fue el más grande periodista italiano del siglo XX, Indro Montanelli, la famosa frase: “Tapémonos la nariz y votemos a la Democracia Cristiana”. Al parecer, Montanelli lo dijo para movilizar al electorado conservador, erosionado por la insultante corrupción política, y evitar que el Partido Comunista de Enrico Berlinguer pudiese llegar al gobierno tras las elecciones generales de 1976.

Lejos de mi la intención de comparar la situación política de la Italia de hace 40 años con la de la España actual. Sin embargo, si creo en la vigencia de la teoría del voto con la nariz tapada. Un voto pragmático, utilitario, casi anglosajón, en las antípodas del voto militante o de la pureza ideológica. Se trata de un voto modesto, que no pretende salvar al mundo de nada; un voto usado, desgastado, con ese brillo sucio del papel manoseado que sólo quiere evitar que se hunda el mal menor cuando no hay alternativa, o cuando la solidez de quién pudiera serlo sigue siendo una incógnita.

Se dirá que en esta España flagelada por la corrupción, amenazada por sediciones y radicalismos y que, con más penas que alegrías, está saliendo a flote de la peor crisis que ha sufrido en 30 años, no es precisamente el momento histórico de taparse la nariz y seguir votando lo mismo. Se argumentará que ha llegado la hora no ya de un simple cambio político sino de una revolución que instaure de una vez por todas esa ‘auténtica’ democracia que nos hará felices comiendo perdices. Una revolución que acabe con la causa de todos nuestros males, que al parecer son el bipartidismo, la ‘casta gerontocrática’ y lo que, con tan mala fe, llaman ‘el régimen de la Transición’.

Ese discurso, que es el que lamentablemente parece prevalecer, es el discurso de Sísifo. El discurso del empezar de cero constantemente; el discurso del blanco o negro; del todo o nada, del borrón y cuenta nueva. Es el discurso de la eterna revolución pendiente. Y yo ya no creo, ni estoy, para revoluciones. Por lo menos en ésta parte del mundo.

El PP no me gusta, pero su gobierno está sacando las castañas del fuego. Ha hecho algunas reformas, tímidas e insuficientes, pero que van en la buena dirección. Así se lo reconoce todo el mundo, excepto aquí. El PP ha tardado demasiado en actuar contra la corrupción, pero finalmente parece que ha saltado al ruedo.

Rajoy está gobernando en el peor momento de la democracia española desde los años de plomo que provocaron la dimisión de Suárez y que desembocaron en el intento de golpe de estado del 23-F. Y frente a él, el páramo, casi la nada. La insoportable levedad de Pedro Sánchez, la prédica iluminada del nazareno Iglesias y la efervescente burbuja de Albert Rivera. Al PSOE lo veo en un callejón sin salida, a Podemos no le veo nada bueno y a Ciudadanos nada, o casi nada, nuevo. Rivera se ha debilitado como gran esperanza blanca con su pacto con Sánchez, pero sobre todo con el veto a Rajoy para la investidura de un gobierno del PP. Rivera ha abierto su primer melón y ha salido calabaza. La disyuntiva, pues, es clara: o liarse el voto a la cabeza y saltar al vacío o votar a lo menos malo con la nariz tapada.





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