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dimecres, 6 de juliol de 2016

China, una resaca keynesiana


Para algunos, el fracaso parece inminente, mientras que para otros ni siquiera se plantea, así sea a largo plazo, pero, una vez más, lo que cuenta no es la profecía, sino el análisis de los límites que la evolución de la economía china impone a sus todopoderosos dirigentes.

El más importante es su encaprichamiento keynesiano. En tiempos de bonanza y, sobre todo, en los de crisis, lo que les importa es mantener o aumentar la demanda agregada, aun a costa de hacer crecer la deuda. Eso fue lo que en 2008, ante la Gran Recesión, les llevó a formular el descomunal programa de estímulo. La receta keynesiana de aumentar el gasto público puede tener éxito si se consigue que la deuda aumente de forma limitada, que genere inversiones productivas y que sea tan solo una medida anticíclica, no estructural. No ha sido ése el caso de China.

Tomemos retóricamente el archiconocido paradigma de política keynesiana: emplear a los parados en abrir zanjas para taparlas inmediatamente después. Se evitaría con ello un aumento del paro y se aseguraría un salario a los trabajadores así ocupados, lo que, en resumen, contribuiría al crecimiento del PIB. Esos salarios, empero, tienen que pagarse de alguna manera, generalmente a través del endeudamiento de los organismos públicos encargados de ejecutar el programa, lo que implica obligaciones futuras. La deuda así contraída tendrá que pagarse… o repudiarse. En el último caso se produciría una seria crisis fiscal de consecuencias tan dramáticas como imprevisibles; en el primero habrá que sufragar la carga de la deuda.

El plan de choque de 2008, ya se ha dicho, tuvo un fuerte impacto inmediato gracias al rápido crecimiento de inversiones financiadas por deuda. Sus efectos a medio plazo sobre el sistema son, sin embargo, menos conocidos. Un informe de 2015 preparado por el McKinsey Global Institute (MGI) los detallaba con precisión. Según sus estimaciones, a mediados de 2014 la deuda total de China (Gobierno, instituciones financieras, compañías no financieras y hogares) ascendía al 282% del PIB, muy por encima de la media de países en desarrollo y semejante a la de los más desarrollados: Corea del Sur (286%), Australia (274%), Estados Unidos (269%), Alemania (258%) o Canadá (247%).

Lo más llamativo era que ese resultado se había alcanzado en un brevísimo plazo de tiempo. En 2000, la deuda china era de 2,1 billones de dólares, en 2007 ascendió a 7,4 y a mitad de 2014 alcanzaba los 28,2 billones, es decir, se había multiplicado por cuatro en siete años. No es difícil identificar el papel primordial en el proceso del plan de estímulo de 2008 y de sus consecuencias. El mayor aumento corrió por cuenta de las compañías no financieras, entre las que se incluyen las promotoras inmobiliarias, cuya deuda en 2014 equivalía al 125% del PIB. Para el McKinsey Global Institute, esa estructura general presenta riesgos básicos, ligados entre sí.

Ante todo, alrededor del 40-45% de la deuda total de la economía real (Gobierno, hogares y compañías no financieras, con exclusión de las entidades financieras) deriva directa o indirectamente del sector inmobiliario. Entre 2008 y 2014, la nueva construcción, medida por su superficie, creció al 9% anual en las ciudades del primer grupo, al 11% en las del segundo y al 18% en las del tercero12. Al tiempo que subía la superficie construida, los precios también se dispararon. En 2014, el coste de la vivienda por metro cuadrado en Pekín y en Shanghái estaba muy cercano al de Nueva York o París. El McKinsey Global Institute estimaba que el total de deuda relacionada con el sector inmobiliario podía cifrarse entre 8,5 y 9,5 billones de dólares a mediados de 2014.

La receta de aumentar el gasto público puede tener éxito si se consigue que la deuda aumente de forma limitada y que genere inversiones productivas

La deuda inmobiliaria de los hogares no era excesivamente alta, alrededor de 1,8 billones de dólares, con una rápida tasa de crecimiento anual del 21% entre 2007 y 2014, y una participación del 8% en la deuda viva total. Lo que había ascendido rápidamente era la participación en la deuda de las promotoras inmobiliarias, así como la de los sectores ligados a sus actividades (carbón, acero y cemento), que conjuntamente representaban entre el 20% y 30% de la deuda total del país. Evidentemente, sus protagonistas se habían excedido en sus inversiones. Entre 2000 y 2010, China añadió veintiocho mil kilómetros cuadrados de espacio urbano, algo así como trescientos veintidós Manhattan.

La consecuencia inmediata fue una ampliación desmedida del inventario de viviendas, centros comerciales y parques industriales, muchos de las cuales no conseguían encontrar compradores. Una imagen ampliamente repetida en los medios era la de las llamadas ciudades fantasma, es decir, urbanizaciones deshabitadas. Aunque los números reales se desconozcan, algunas estimaciones de 2015 hablaban de un stock sin vender en torno a 6,67 millardos de metros cuadrados, muchos de ellos financiados con grandes deudas. El Fondo Monetario Internacional señalaba que China necesitaría de cuatro a cinco años para absorber su inventario de viviendas y que muchas de ellas no iban a encontrar compradores. Las ciudades de los grupos 3, 4 y 5, precisamente donde las promociones inmobiliarias habían crecido más rápidamente, eran las más afectadas, con el resultado de que, mientras en Pekín, Shanghái y Shenzhen la demanda crecía y crecía, allí no había quien quisiera irse a vivir.
Leer el artículo completo de Julio Aranberri en Revista de Libros


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