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divendres, 22 de juliol de 2016

Albert Camus lee el pasaje de apertura de 'El extranjero'


Mi madre murió hoy. O, tal vez, ayer; no puedo estar seguro. He recibido un telegrama del asilo: 'Su madre falleció. Mañana funeral. Acompañamos sentimiento'. Lo que deja el asunto dudoso; que podría haber sido ayer.

El hogar de ancianos está en Marengo, a unos ochenta kilómetros de Argel. Con el autobús de las dos debería llegar antes de la noche. Así la podría velar y estar de vuelta aquí mañana por la tarde. Le he pedido dos días libres a mi patrono, cosa que obviamente, dadas las circunstancias, no podía rechazar. Sin embargo, parece que no le ha hecho mucha gracia. Le he dicho: 'No es culpa mía'. No ha respondido. Después se me ocurrió que nunca debía haberle dicho eso. No tenía ninguna razón para excusarme; en todo caso era él quién debía presentarme sus condolencias. Probablemente lo hará pasado mañana, cuando me vea de luto. Por el momento, es como si madre no estuviera muerta. Tras el entierro, por el contrario, todo será un asunto burocrático y habrá adquirido un aura oficial.

Cogí el autobús a las dos en punto. Era una tarde de calor abrasador. Comí en un restaurante, en Casa Celeste, como de costumbre. Todo el mundo fue muy amable, y Celeste me dijo: "De madre solo hay una". Cuando me fui vinieron conmigo hasta la puerta. Estaba un poco aturdido y subí a casa de Emmanuel para pedirle prestado su brazalete negro de luto. Él perdió a su tío hace unos meses.

Tuve que correr para coger el autobús. Supongo que fue la prisa lo que, con el resplandor de la carretera y del cielo, el olor de la gasolina y las sacudidas, me hizo venir tanto sueño. ormí durante casi todo el trayecto. Cuando desperté estaba apoyado en un soldado, que me sonrió y me preguntó si venía de muy lejos. Yo solo asentí, para cortar la conversación. No estaba de humor para hablar.

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