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dijous, 21 de juliol de 2016

Yihad: No nos equivoquemos de guerra


¿Cualquier ataque terrorista debe ser calificado de inmediato como yihadista o islamista? El gobierno francés lo hizo tan sólo unas horas después que un loco asesino aplastó a un centenar de viandantes en Niza. Sin embargo, en ese momento, ninguna investigación había comenzado, sólo sabíamos la identidad del criminal, un tunecino residente en Francia. Tunecino, luego árabe, por lo tanto musulmán, por lo tanto sospechoso, por lo tanto islamista, luego necesariamente yihadista. Los medios de comunicación, franceses o no, han participado en este silogismo y los gobiernos de todo el mundo han lamentado rápidamente una nueva ofensiva del terrorismo islámico. El presidente francés ha anunciado que serán reforzados los controles en la frontera, aunque el asesino habitara legalmente en Francia; Hollande se ha comprometido a reforzar los ataques contra el califato (Daesh) en Siria, aunque esta organización yihadista pareció sorprendida por el ataque pero del que -con una diferencia de 24 horas- se felicitó sin atribuírselo. A medida que se iba sabiendo que el asesino nunca había practicado el Islam, las autoridades francesas se aferraban a su tesis original inventando el concepto innovador de "radicalización rápida". Una semana antes del ataque, el asesino no era yihadista ni musulmana, pero el día del ataque, ya se había convertido; durante esta semana de radicalización se habría "dejado crecer la barba", se habría encontrado con algunos yihadistas en Niza y, sin duda, consultó la web. ¿Es ello suficiente para incluir el atentado de Niza en el marco trágico del terrorismo islámico, para asimilar lo que pasó en Niza con los eventos del 13 de noviembre del año 2015 contra el Bataclan en París, los de Bruselas del 22 de de marzo del año 2016, de la estación de Atocha en Madrid el 11 de marzo de 2004, o remontarse incluso al 11 de septiembre de 2001 en Nueva York? Al mezclarlo todo, se introduce, a mi parecer, una coherencia allá dónde no existe necesariamente entre acontecimientos que se parecen pero que no tienen ni los mismos autores ni las mismas motivaciones. No niego lo evidente: todos estos ataques tienen una dimensión islámica, pero no solamente. Si como Donald Trump se pregonaba una "guerra de civilizaciones" entre el Islam y Occidente, se corre el riesgo de crear esa guerra que, en general, no existe. La casi totalidad de los mil millones de musulmanes de nuestro planeta no está en guerra y no lo está realmente contra Occidente. Si hay guerras, éstas enfrentan ante todo a los musulmanes entre ellos, los chiïtas contra los sunitas en Siria, Irak, Bahrein, Pakistán; kurdos contra turcos en Turquía y Siria; talibanes paquistaníes contra afganos y tribus contra tribus en Mali, África Central, Nigeria... En estas circunstancias, los occidentales son atacados de rebote, porque han tomado partido por un campo -los chiítas en Irak, los kurdos y los sunitas en Siria- contra otro.

Si los occidentales, hipótesis gratuita, no hubiesen intervenido nunca en el mundo musulmán o dejaran ahora de hacerlo, probablemente no estaríamos en el blanco del terrorismo. Sin embargo, los occidentales han seguido estando presentes después de la colonización en el mundo musulmán, desde el Magreb a Oriente Medio, la India e Indonesia. Cuando dejaron las colonias fueron reemplazados por estados disfuncionales: el terrorismo es, en gran parte, el resultado de una descolonización fallida, que emana de sociedades sin libertad y sin prosperidad. El yihadismo ha florecido en este fracaso. Doble fracaso, allí y aquí, en la medida en que los países de acogida de ex colonizados, convertidos en inmigrantes, no han logrado tener más éxito con la integración que con la descolonización. De manera que el yihadismo en Siria y Mali no es tan diferente del yihadismo de los suburbios europeos.

Si volvemos al asesino de Niza, no se convirtió en yihadista en una semana, pero para cometer el ataque se ha tenido que identificar con los yihadistas: la reclamación islamista sin duda ha dado a su acción una especie de legitimidad cuando su verdadera motivación provino de sus frustraciones sociales, su fracaso matrimonial y sus trastornos psiquiátricos. De esta tragedia en Niza, me siento tentado a concluir provisionalmente que no es tanto que el Islam conduzca al terrorismo como que los criminales se están cubriendo con los colores del Islam. Todos los autores de ataques en Europa eran delincuentes conocidos por la policía antes de que se transforman en terroristas islamistas: el yihadismo viene en segundo lugar. Si mi hipótesis es correcta, se hace más urgente luchar contra la delincuencia que contra el yihadismo en sí mismo. La intervención militar en Siria, Mali o Libia evitará que haya estados peligrosos, pero tiene poco efecto sobre el terrorismo en Europa. En casa, aplicar la estrategia policial americana de tolerancia cero, reprimiendo severamente la menor infracción para detener la escalada del crimen, parece más eficaz que dejar en libertad, como se viene haciendo, a los delincuentes de poca monta. Para ellos, el Islam es una máscara con la que disfrazarse para convertirse en grandes criminales: antes de ser yihadistas son criminales y deben ser combatidos como tales, sin discursos pomposos.| GUY SORMAN

Artículo original en francés, aquí

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