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diumenge, 25 de setembre de 2016

Ser europeo


El periodista de origen húngaro Arthur Koestler observó que el combate entre el populismo y la democracia no se juega exactamente voto a voto, sino en la confrontación entre una batería de convicciones engañosas y unos principios más débiles e inseguros pero verdaderos. Las convicciones populistas se nutren de la mentira y del sentimentalismo, y prosperan en un mundo que se encierra en sí mismo. Los principios democráticos, en cambio, se asientan en las sociedades abiertas, a pesar de que nunca pueden presentarse como certezas absolutas, plenas, indiscutibles, sino tan solo relativas y parciales. El populismo juega al ataque; la democracia, a la defensiva precisamente porque carece de respuestas concluyentes. En el populismo se masca la tensión no resuelta entre la degradación social y un Estado ideal; la democracia, en cambio, sólo avanza lentamente, peldaño a peldaño, a partir de la enfangada realidad de la condición humana.

En Bratislava se acaban de reunir los 27 jefes de Estado de la UE, en su primer encuentro oficial tras el anuncio del Brexit. En juego, el propio futuro del proyecto europeo, si hacemos caso a las palabras de Angela Merkel. Cabe pensar que, algún día, los historiadores se referirán al Brexit como la primera victoria del populismo global en el siglo XXI. Una victoria basada en promesas falsas –“fuera de Europa se vive mejor”– frente a la verdad imperfecta de la UE. Sin embargo, las dudas de la primera ministra Theresa May invitan a pensar que, quizás, la salida del Reino Unido nunca llegue a tener lugar, al menos de una forma plena. Sólo el tiempo lo dirá.

El Daily Telegraph apuntaba hace unos días que las elites de la Unión propugnan una negociación exigente con el gobierno de Downing Street para convertir en inviable el Brexit, lo que parece implicar mayor dureza frente al populismo. Aunque no se ha hablado de ello oficialmente estos días en Bratislava. Mientras, siguen agrandándose los nubarrones de los males europeos: una economía renqueante, el envejecimiento de la población, la creciente atomización social, la rigidez fiscal, el endeudamiento y la pérdida de prestigio de la democracia representativa.

En este contexto, el riesgo de una crecida populista se hace más evidente. Europa necesita relanzar su proyecto sobre unas convicciones sólidas que no tengan marcha atrás, con altura de miras y ambición. La moderación es un valor de la democracia, pero la parálisis constituye un grave error. Aprender de los errores exige rectificarlos. Y ser europeo requiere solidaridad, integración, libertad y esperanza en un futuro mejor. Algo que, quizás, en estos últimos años, no hemos sabido ofrecer. | Daniel Capó


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