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dimarts, 6 de setembre de 2016

Tres cosas sobre la “ultraderecha” alemana que quizá no lea en la prensa socialdemócrata


...¿cómo es posible que a una formación que los medios no dudan en tildar de ultraderecha, y que por tanto estaría en principio más próxima a la derecha merkeliana, la vote sin embargo tanto antiguo elector izquierdista? ¿Por qué hay más votantes que dan el salto desde la socialdemocracia hasta tal ultraderecha que desde el presuntamente más próximo conservadurismo? ¿Por qué tanto votante (12 %) que antes votó a Die Linke (una formación que comparte partido europeo con Izquierda Unida) apoya ahora lo que parecería el extremo contrario del arco político? ¿No debería ser una rareza ir tanto desde la ultraizquierda a la derecha extrema?

Para empezar a responder esas dudas se pueden apuntar dos hipótesis y recordar un dato. El dato es que todo esto no resulta inaudito: ya en Francia se asistió hace años a algo similar, cuando antiguos votantes socialistas y comunistas se pasaron en masa al lepenista Frente Nacional.

La primera hipótesis de por qué sucede esto no deja en buen lugar a la izquierda europea. Ya apuntamos la idea hace dos semanas aquí. Somos muchos los que detectamos en el izquierdismo europeo actual una pasmosa falta de ideas de cierto empaque. Y, por consiguiente, un recurso cada vez más frecuente a meros eslóganes, mero sentimentalismo, meras divagaciones cuando no extravagancias (que diría el recientemente fallecido filósofo Gustavo Bueno). Mero populismo, en suma. Acostumbrar a tu electorado al populismo tiene una gran ventaja: el populismo es por definición fácil de vender. Pero tiene un gran inconveniente: cuando llega alguien más populista que tú, no puedes estar nada seguro de que no te vaya a robar tu clientela. Por tanto, no resultaría extraño que en Alemania o Francia antiguos socialistas nutran a la derecha populista, o que en la España postzapatero alimenten, como están alimentando, a la izquierda ídem.

Si la primera hipótesis parece un tanto dura hacia la izquierda europea actual, la segunda es aún menos fácil de asumir. Rezaría así: los votantes de mentalidad estatalista, que antes apostaban por partidos de izquierda porque creían que son estos los que mejor pueden defender el Estado de bienestar, empiezan a cambiar de idea. Y esto es así debido a la postura netamente pro inmigración que adoptan todos estos partidos. El antiguo votante izquierdista empieza a dudar de que su querido Estado de bienestar sea compatible con cotas cada vez más altas de inmigrantes que a menudo no comparten la cultura política que hizo posible ese Estado de bienestar. Y, por lo tanto, opta por partidos antiinmigración que también persiguen mantener ese Estado benefactor, pero solo para los connacionales. Dicho de otro modo: el votante izquierdista ama igual que siempre las ventajas de un Estado que te da muchas cosas, solo que ahora ha decidido que esas cosas es mejor que vayan solo para él, no para cualquiera que llegue al país y que pueda ponerlas en peligro. El estatismo no siempre ha de ser generoso. (Lo habíamos sospechado siempre los liberales).
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