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dimecres, 26 d’octubre de 2016

¿Agoniza la democracia representativa?


REVISTA DE LIBROS.- ...el declive de la democracia representativa no tiene por qué desembocar en una comunidad deliberativa que profundice en las esencias de la democracia, sino que bien puede significar lo contrario: la proliferación de regímenes iliberales de tintes plebiscitarios, donde el imperio de la ley pasa a un segundo plano y el gobierno adopta formas autoritarias. Véanse Hungría, Filipinas, Venezuela. O, por supuesto, los modelos no democráticos basados en un hombre –o partido– fuerte: de China a Rusia. ¡Ante la complejidad, mano dura! Por otra, sería posible organizar una democracia de referendos donde el ideal del autogobierno se llevase hasta las últimas consecuencias, acaso con ayuda de las nuevas tecnologías de la información a la hora de facilitar un voto frecuente y directo. Sin embargo, basta echar un vistazo a los más recientes referendos para percatarse de que su empleo generalizado conduciría a un rápido deterioro de las sociedades correspondientes: soberanas pero impotentes, participativas pero polarizadas, decisorias pero cortoplacistas. ¿O es que mejoraría la política económica y monetaria si las competencias de que ahora disfrutan ministros y banqueros centrales fueran asignadas a la «voluntad general» del pueblo soberano? Y ya sabemos lo que sucede cuando una democracia se deteriora socioeconómicamente: deja de ser una democracia.

Se ha dicho que los referendos, a pesar de los pesares, no deben ser vistos con tan malos ojos. Pero el impacto del Brexit sobre la teoría de la democracia está todavía por producirse: hablamos, como ya se ha explicado aquí, de un proceso político que muestra a las claras la dramática diferencia que media entre la teoría y la práctica. Igual que, por cierto, sucede con el famoso revocatorio venezolano: quienes suelen defender esta peculiar herramienta parecen aceptarla únicamente cuando el revocable es un adversario y no uno de los nuestros. ¡Como si Maquiavelo no hubiera existido! Recordemos que la campaña del Brexit estuvo llena de mentiras y el juicio de los expertos fue considerado inválido por razones más emocionales que racionales. Hay quien alega que la desinformación del electorado está también presente en las elecciones representativas y, por tanto, no es tan grave que el votante en referéndum no sepa demasiado sobre los asuntos en juego. Pero hay una diferencia capital entre una votación y otra: en las elecciones representativas, el ciudadano elige a quién decide, mientras que en un referéndum decide por sí mismo. De ahí que el conocimiento sobre lo que se vota sea imprescindible en el segundo caso y dañino, pero no letal, en el primero. Y ello, dejando al margen la imposibilidad de consultar directamente reformas dolorosas, dado lo improbable que sería su aprobación. Esta es también la razón de que el mandato imperativo, otra tradicional reivindicación de los críticos de la democracia liberal, sea impracticable.

Dicho esto, el malestar con la democracia representativa la ha acompañado siempre: su actual crisis sólo expresa un momento más en la larga insatisfacción con ella. Giovanni Sartori lo explica por razón del influjo que –en esto como en todo– ejerce sobre nuestro ánimo un ideal que tiene mucho de utópico: «En ningún caso la democracia tal y como es (definida de modo descriptivo) coincide, ni coincidirá jamás, con la democracia tal y como quisiésemos que fuera (definida de modo prescriptivo)». ¡Melancolía del perfeccionista! El propio Sartori explica con mucho tino las razones que explican la articulación representativa de la democracia moderna, entre ellas la necesidad de que la regla de la mayoría –que regía la toma de decisiones de las órdenes medievales– sustituya a la unanimidad ateniense como criterio de decisión, a fin de que el gobierno sea compatible con el mantenimiento del orden en sociedades fracturadas por un número creciente de brechas y diferencias. A ello hay que sumar, como ha resaltado Robert Dahl, la cuestión elemental pero decisiva de la escala: la configuración de la democracia no es indiferente al tamaño ni a la complejidad social, sino todo lo contrario. MANUEL ARIAS MALDONADO
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