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diumenge, 30 d’octubre de 2016

El mito del indio ecologista


En 1854, el gobernador del territorio de Washington, en nombre del presidente de los EE.UU. Franklin Pierce, se reunió con Jefe Seattle, líder de los indios Duwamish, y le hizo una oferta de compra de tierras. Según la mitología ecologista esta fue la respuesta de Jefe Seattle a dicha oferta:
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo? ¿La tierra? La idea es extraña para nosotros .... Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo: cada brillante aguja de pino, cada playa arenosa, cada neblina en la oscuridad del bosque, cada pradera, cada insecto que zumba. Todos son sagrados en la memoria y experiencia de mi pueblo .... ¿Enseñaréis  a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros? ¿Que la tierra es nuestra madre? Lo que ocurre en la tierra afecta a todos los hijos de la tierra. Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra.
Es, sin duda, un maravilloso discurso. El único problema es que Jefe Seattle nunca lo pronunció. Fue escrito por el guionista blanco y profesor de cine, Ted Perry, para la serie dramática Home de la ABC TV en 1971. Una ficción que dio origen al mito del indio ecologista avant la lettre.

En realidad, Jefe Seattle estaba muy interesado en vender tierras y las vendió. Y sus palabras -bucólicas pero en nada precozmente ecologista- fueron más pragmáticas que las del mito creado por Ted Perry. Si bien no se ha encontrado ningún registro oficial de lo que dijo Jefe Seattle en la reunión con el gobernador de Washington, si existe un documento publicado en el Seattle Sunday Star el 29 de octubre de 1887 por un periodista testigo de la reunión. En dicho documento puede leerse lo siguiente:
Vamos a ponderar la propuesta, y cuando hayamos decidido os lo diremos. Pero, como queremos aceptarla, hago aquí una primera condición: que no se nos niege el privilegio, sin ser molestados, de visitar a nuestro antojo las tumbas de nuestros antepasados ​​y amigos.

Cada parte de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada colina, cada valle, cada llanura, cada bosque están consagradas por algún recuerdo querido o por alguna experiencia triste de mi tribu. Hasta las rocas, que parecen yacer mudas en solemne grandeza tomando el sol a lo largo de la costa tranquila, se estremecen con los eventos pasados conectados con el destino de mi pueblo. Y el mismo polvo bajo nuestros pies responde con mayor amor a nuestras pisadas que a las vuestras, porque son las cenizas de nuestros antepasados. Y nuestros pies desnudos son conscientes del roce compasivo, porque el suelo está enriquecido con la vida de nuestros parientes.

…/…

Y cuando el último piel roja haya perecido en la tierra y su memoria entre los hombres blancos se haya convertido en un mito, estas costas se llenará de los muertos invisibles de mi tribu, y cuando los niños de sus hijos se crean solos en el campo, el almacén, la tienda, en la carretera o en el silencio de los bosques, no estarán solos. En toda la tierra no existe un lugar dedicado a la soledad.

De noche, cuando las calles de vuestras ciudades y pueblos estén en silencio y las creáis desiertas, estarán llenas con los espíritus que una vez las ocuparon y aún aman esta bella tierra. El hombre blanco nunca estará sólo, porque los muertos no están completamente desprovistos de poder.

El contenido de los dos textos es radicalmente diferente. El primero es una fantasía ecologista, mientras que el segundo expresa los términos de un contrato de compraventa. Eso sí, con cláusulas 'sui géneris' de servitud antropo-panteístas. En otras palabras, que en esta historia los ecologistas han sido los únicos en hacer el indio.

(Via Plaza Moyua)

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