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divendres, 4 de novembre de 2016

¿Cuánta Europa necesitan los europeos?


Como siempre, cuando el temor se adueña de Europa, la gente busca la salvación en el nacionalismo, el aislacionismo, la homogeneidad étnica y la nostalgia de “aquellos buenos tiempos” en que supuestamente todo iba bien en el mundo. No importa que el sangriento y caótico pasado haya sido cualquier cosa menos perfecto. Los líderes nacionalistas y sus seguidores hoy viven en una realidad “postempírica”, donde la verdad y la experiencia han perdido ascendiente.

Todo esto es reflejo de un profundo cambio en el modo en que los europeos se ven a sí mismos. Después de las dos guerras mundiales y durante la Guerra Fría, la integración europea no planteaba dudas. Pero con el tiempo, la visión compartida de la unidad como generadora de paz, prosperidad y democracia se debilitó a fuerza de persistentes crisis, y hoy puede desaparecer por completo, a menos que un mensaje visionario venga a reforzarla.

Es absurdo pensar que las naciones‑Estado históricas de Europa puedan responder a las realidades políticas, económicas y tecnológicas globalizadas del siglo XXI. Si eso creen los europeos, entonces que se preparen a pagar el precio de una menor integración, en la forma de un empeoramiento de sus perspectivas y la aparición de nuevas dependencias. Las decisiones globales más importantes del siglo no se tomarán democráticamente en Europa, sino unilateralmente en China o algún otro lugar.

Los idiomas y la cultura de Europa tienen una larga historia. Pero no olvidemos que sus naciones‑Estado, especialmente fuera de Europa occidental, son una creación más reciente. Sería un grave error pensar que son el “fin de la historia” para el continente. Por el contrario, si el modelo de naciones‑Estado prevalece sobre la integración, los europeos pagarán un alto precio en este siglo. La pregunta por el desempeño futuro de los países de Europa sólo admite una respuesta colectiva, no una basada en intereses nacionales definidos por separado, como en el siglo XIX.

Además, la cercanía con Rusia, Turquía, Medio Oriente y África implica que Europa vive en un vecindario difícil y problemático. No tiene como Estados Unidos la fortuna de estar protegida por el aislamiento geográfico, sino que debe defender constantemente su seguridad y su prosperidad por medio de la política, que es necesariamente un trabajo conjunto.

La pregunta clave para el futuro de Europa es cuánto poder necesita la UE para garantizar paz y seguridad a sus ciudadanos. Y también exige una respuesta colectiva. Lo que ya está claro es que los europeos no necesitarán sólo más Europa, sino una Europa diferente y más poderosa. | JOSCHKA FISCHER
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