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dimarts, 14 de febrer de 2017

¿Hemos de creer en la ciencia?




La corrección política cree en la ciencia como se cree en Dios. Sin embargo, la ciencia no consiste en creer sino en dudar. Más aún, la ciencia consiste en falsar, en poder desmentir una hipótesis o una teoría, por utilizar la expresión de Popper. Es decir, justo lo que la corrección política no tolera.

La 'ciencia' ha sido secuestrada hace tiempo por el activismo político. Miles de científicos se someten con más pasión a cualquier dogma político e ideológico, sobre todo si es de izquierdas, que al rigor del método científico. No aceptan la controversia porque afectaría a su fe y por eso excomulgan a los disidentes, a los que no dudan en llamar 'negacionistas' en el caso de los críticos con el calentamiento global antropogénico.

La democratización de la ciencia, la existencia de millones de científicos en todo el mundo, ha permitido que hoy exista más investigación que durante toda la historia de la humanidad. Sin embargo, esa masificación ha creado problemas importantes. Por un lado, un derroche de recursos invertidos en investigaciones y estudios que sólo tienen por finalidad su publicación a efectos de currículo. Por otro, la limitada formación integral de muchos científicos, que tienen una capacitación excelente en su materia específica pero insuficiente o muy incompleta, cuando no sesgada, en otros ámbitos del conocimiento. Y ello socava, en ocasiones, su calidad científica.

Pondré un ejemplo. Hace poco leí un libro -no citaré a su autor- que quería 'demostrar' que la libertad humana es un espejismo porque en un experimento el cerebro emitía la decisión segundos antes de que la persona la verbalizase. Eso le hacía creer que la ciencia había acabado con el concepto, según él liberal-burgués, de libertad de elección.

Obviamente, el neurocientífico era un lego en ciencia política. Peor aún, confundía los conceptos berlinianos de libertad negativa y libertad positiva, con lo que su conclusión no solo era equivocada sino un auténtico tiro por la culata.

Si el investigador hubiera sabido que la libertad negativa (que él entiende como burguesa-liberal) se define como ausencia de dominación de la voluntad de una persona por parte de otra, hubiera tenido que aceptar que la anticipada respuesta cerebral era irrelevante para la libertad humana. Al contrario, si esa respuesta cerebral podía poner en cuestión algún concepto de libertad este sería, en todo caso, el de libertad positiva (concepto más próximo a la izquierda), que suele definirse como capacidad de autorrealización. Pero su obsesión política invalidó lo que podía haber sido una buena investigación científica.

Lamentablemente, este ejemplo es más la regla que la excepción. La politización de la ciencia se extiende a la mayoría de las disciplinas. La encontramos en la oposición a los transgénicos y en la veneración de los llamados productos naturales u 'orgánicos', en el agujero de la capa de ozono, la explosión demográfica incontrolable, la hambruna mundial inevitable, el avance imparable del desierto, la desaparición de las selvas, la destrucción de los bosques por la lluvia ácida, el agotamiento de los recursos naturales como el petróleo y el gas, la desaparición de especies, la desaparición de la nieve y los glaciares o el aumento del nivel del mar...

No hace falta decir que ninguna de estas profecías apocalípticas se ha cumplido nunca, pero los activistas científicos las siguen predicando con la fe del carbonero. Con la exageración, y la mentira si es necesario. Y es que el fin, su fin, justifica siempre los medios.


Se hizo creer que los efectos del tabaco en el fumador pasivo podían ser casi tan graves como en el activo. Ello fue determinante para la prohibición por afectar gravemente a terceros




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