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dimarts, 25 d’abril de 2017

De cómo Franco salvó la ‘revolución de los claveles’



El presidente Gerald Ford y el secretario de Estado, Henry Kissinger, llegaron en visita oficial a Madrid el 31 de mayo de 1975. En su reunión con Franco, trataron la situación en Portugal y, para sorpresa de los norteamericanos, el español se mostró calmado sobre el futuro del país vecino y "con convicción manifestó que la situación portuguesa volvería a su cauce". Además, el caudillo se negó a inmiscuirse en Portugal. Según el diplomático Luis Guillermo Perinat (Recuerdos de una vida itinerante), Ford le pidió a Franco que permitiese el uso del territorio español como plataforma desde la que podrían irrumpir fuerzas de EEUU.


En aquel momento, y escogiendo cuidadosamente sus palabras que, sin duda, habían sido previamente seleccionadas, Ford llegó incluso a insinuar la petición de que España prestase ayuda para contrarrestar la revolución portuguesa sin explicitar de qué forma, pero que, por el modo de expresarse, parecía estar sugiriendo un apoyo desde territorio español para algún tipo de acción.

¿Y cómo respondió Franco ante la petición de su casi único aliado a combatir su gran enemigo, el comunismo, y en las puertas de su patria?


El Jefe del Estado reiteró, imperturbable una vez, que nada pasaría en Portugal con carácter definitivo, que había que dejar pasar el tiempo, que cualquier intervención o acción sería contraproducente y que el pueblo portugués comprendería pronto que sus dirigentes no defendían los intereses verdaderos y legítimos del país. El mismo pueblo portugués haría posible que la situación evolucionase favorablemente.

Quien fue en Portugal en esos años ministro de Asuntos Exteriores y luego primer ministro (1976-1978), el socialista y masón Mario Soares, reveló más detalles sobre la protección que dio Franco a la revolución de los claveles. En vísperas del XL aniversario del golpe, Soares declaró a La Voz de Galicia que se reunió en Londres con Manuel Fraga, entonces embajador de España (1973-1976) en el Reino Unido, para conocer los planes del régimen español.


Le pregunté: «¿Qué va a hacer Franco respecto a Portugal?». «Ya he hablado con Franco, soy muy amigo suyo», me respondió. «Y entonces, ¿qué cree que va a pasar?», insistí. «Franco es gallego y como gallego tiene un gran respeto por Portugal, luego él nunca hará nada contra Portugal». «¿Tiene certeza de eso? ¿No se irá a repetir lo de las incursiones españolas (durante la I República)?», le pregunté. «Tenga la certeza de que no, porque yo hablo con él y soy amigo de él», volvió a decirme. «¿Y qué es lo que él piensa de lo que está ocurriendo en Portugal?», añadí. «Como gallego, Franco piensa que Portugal es Portugal y debe de ser respetado y por tanto no debe preocuparse de eso», me aseguró.

Soares también conoció la petición de Ford y Kissinger a Franco para que actuase como portaaviones de un ataque de marines.


Más tarde supe, por documentos americanos desclasificados, que Gerald Ford y Kissinger fueron a hablar con Franco, cuando él ya estaba enfermo, para pedirle que dejara entrar a los ‘marines’ en Portugal para actuar contra los comunistas

Sorpresa: Franco, el coco de los demócratas europeos, respetó el peculiar proceso político portugués.


Franco les respondió: «Yo soy gallego y no acepto que Portugal no sea lo que quiera ser», eso es lo que está escrito en los documentos, y a su vez fue lo que me había transmitido Fraga. «Yo no autorizo que los ‘marines’ pasen para actuar contra Portugal», fue lo que dijo Franco. Fue fabuloso.
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