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dilluns, 23 de novembre de 2015

Esta vez también ganaremos

La amenaza yihadista es una más de las muchas amenazas que se han cernido sobre las sociedades abiertas, aunque parezca distinta y peor. Los enemigos de la democracia liberal han sido muchos y, aparentemente, muy diferentes entre sí: anarquismo, fascismo, comunismo y ahora islamismo. Diferentes, sí, pero iguales en su método: la violencia. Una violencia que, según el caso, se ejerce como terrorismo, como una guerra de guerrillas, una guerra clásica o una combinación de varias de ellas. La única diferencia cualitativa entre ayer y hoy es la que la ciencia y la tecnología han permitido al aumentar las facilidades de comunicación y la letalidad de las armas. Por lo demás, la historia se repite. El mal existe, con coartada o sin ella. Y frente al mal no tenemos otro remedio que plantarle cara.

El acervo en materia de defensa de las democracias liberales es amplio. Sabemos cómo defendernos en todos los escenarios, salvo de un ataque divino o extraterrestre. Sabemos cómo combatir en una guerra clásica, atacando o defendiendo uno o diversos territorios. Sabemos cómo hacer frente a una guerra de guerrillas y sabemos cómo luchar contra el terrorismo urbano. Y no sólo sabemos cómo hacerlo policial y militarmente, sino que también sabemos cómo hacerlo políticamente. Sabemos luchar y sabemos ganar.

Algunas democracias han sucumbido a sus enemigos. Es cierto. Pero no existe ningún caso en que las medidas excepcionales adoptadas temporalmente para defenderlas hayan comportado recortes irreversibles en derechos y libertades. Sin embargo, a pesar de ello, cada vez que somos víctimas de un ataque aparecen las casandras advirtiendo que los culpables somos nosotros, nuestros gobiernos o nuestro modelo de vida. Aparecen los supersticiosos, que creen que poner velas y flores va a servir, más allá de honrar públicamente a las víctimas, para hacer recapacitar a los asesinos y recuperarlos como tiernos corderitos una vez se hayan despojado de su piel de lobo. Confunden pedir justicia con venganza. Confunden la exigencia de responsabilidades con el odio.


Hablan machaconamente de combatir la islamofobia, prejuicio que no ha prendido nunca desde el 11-S hasta hoy en la mayoría de la población europea, a excepción de la acción ruidosa y violenta de grupos xenófobos minoritarios. Ciertamente, los atentados favorecen al populismo y al nacionalismo, ideologías peligrosas para el futuro de Europa pero que, en su mayor parte, no pueden ser confundidas, hoy por hoy, con el fascismo o el nazismo.

La yihad no deja de ser ante todo una guerra civil entre musulmanes. Al igual que el comunismo, que empezó como un fantasma recorriendo Europa hasta que se encarnó por primera vez en Rusia, el yihadismo contemporáneo empezó también como un fantasma, el fantasma de Al Qaeda, hasta aparecer como primer 'Estado Islámico' Califal en Siria e Irak.

Esta guerra civil musulmana ha provocado que decenas de miles de refugiados hayan llegado al corazón de Europa, cómo llegaron a Francia en 1939 cerca de medio millón de españoles (270.000 militares, 170.000 civiles y 13.000 enfermos y heridos) o los 200.000 húngaros que huyeron de su país en 1953 tras ser aplastada su sublevación contra el régimen comunista. Pero sin remontarnos tanto en el tiempo, podemos recordar también los dos millones de refugiados que provocó la guerra de los Balcanes en los años noventa. Dejo de lado los más de 20 millones de refugiados provocados por la Segunda Guerra Mundial.

Los refugiados son consecuencia de la guerra, la represión y la miseria provocados por gobiernos tiránicos o totalitarios. Los refugiados pueden ser un problema pero casi nunca un peligro, aún que entre ellos pueda haber yihadistas ocultos como hubo espías soviéticos infiltrados entre los que huían de Stalin. Los refugiados no son el enemigo, como dice Viktor Orbán. El enemigo es el que crea los refugiados. El enemigo es el que mata hoy en las calles de París como lo hizo ayer en Nueva York. El enemigo es el que mata en Siria o en Irak, en Beirut o en Mali, en Nigeria o en el Sinaí.

El enemigo no es, como nunca lo ha sido, un producto del hambre, la miseria, la marginación, la humillación o la discriminación. El enemigo es una mala idea convertida en fe. Por eso es tan difícil derrotarlo. Pero tenemos experiencia. Mucha. Es por ello que esta vez también ganaremos.




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