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dimecres, 12 d’octubre de 2016

Cayetana Álvarez de Toledo, como una nueva Oriana Fallaci, pone en jaque a Sarkozy en una entrevista para 'El Mundo'

¿Por qué Cayetana Álvarez de Toledo me ha recordado a Oriana Fallaci en esta entrevista?

Explicaciones psicoanalíticas al margen, la respuesta es que he encontrado en ella algo que sólo había visto en la gran periodista italiana: una convicción granítica que, sin ser descortés, interroga al entrevistado sin complacencia, complicidad o reverencia.

Se dice que en la labor periodística lo que importa son los hechos y lo que dicen y hacen los protagonistas de los mismos, no lo que piensan los profesionales de la información. Y eso es cierto, excepto para el género de la entrevista. En la misma, el periodista no ha de ser la mano invisible que se limita a relatar los hechos con veracidad sino el sparring -no el púgil- que debe hacer sudar emocional y/o intelectualmente al entrevistado.

Y Cayetana lo consigue por que nos permite confrontar sin maquillaje la coherencia -¿la rigidez?- cuasi virginal de la entrevistadora con el pragmatismo -¿oportunismo?- del político hace tiempo desflorado que, sin traicionar o traicionando lo mínimo sus convicciones, sabe que si quiere ser fértil debe mancharse las manos en el lodo que salpica a gran parte de la opinión pública.




¿Es usted un nacionalista francés?

...Amo mi país... Nacionalista... Si es vuelto hacia el interior, no. Soy un francés que ama su país y que no puede excluirse de ser francés. Al mismo tiempo, me gusta mirar hacia el exterior. Viajar. Ir al extranjero. No soy para nada ensimismado. Soy un francés que quiere que Francia brille hacia el exterior. El nacionalismo tiene un lado cerrado, que yo no tengo. Me gusta una Francia abierta.

Pero su discurso es un llamamiento al despertar de Francia.

Lo menos que podemos decir es que ha estado dormida.

¿Tiene esa impresión?

No es una impresión. Es una certeza. Hoy Francia no tiene liderazgo. Yo adoro España; es un gran país. Siempre he trabajado en buena armonía con sus gobiernos, de distinto signo. He ido a menudo a La Moncloa. Pero Francia tiene responsabilidades particulares. Para mí el liderazgo no es un derecho; es un deber. Cuando Francia no asume su liderazgo, no asume su deber.

Su discurso trata de frenar al Frente Nacional. ¿No cree que al hacerlo tan esencialista y a la vez tan crítico con la actual situación de Francia se legitiman las posiciones de Le Pen?

Todo lo contrario. Yo soy el dique que impide la expansión del Frente Nacional. Y es por eso que el Frente Nacional me ataca. Mire lo que pasa en Alemania, Austria, España... Si la derecha republicana no es suficientemente fuerte, los extremos se benefician. Si hace dos años yo hubiera dejado que mi partido siguiera como estaba, hoy tendríamos un Frente Nacional mucho más fuerte. Cuando la casa se quema, el que la protege no es el que se limita a gritar «¡fuego!», sino el que acude a apagar el fuego.

Hay bastantes ejemplos de partidos que acercan su discurso a fuerzas extremistas para recuperar a sus votantes y que al final acaban reforzando a los extremistas.

Yo no me acerco al Frente Nacional. Conmigo como presidente del partido no ha habido ningún acuerdo con el FN ni lo habrá jamás. ¿Qué prefiere? ¿Que no escuchemos? ¿Que hagamos como el mono de la fábula? No ver, no escuchar, no hablar. ¿Cree que se arreglan así las cosas? En una pareja, cuando un hombre y una mujer no se hablan, ¿cree que se arreglan así las cosas? ¿En una familia? Lo mismo ocurre en la sociedad. En una sociedad hay que hablar. El pueblo nos dice cosas. Debemos escucharle.

(...)

¿No cree que los referendos socavan las instituciones tradicionales? La Asamblea. La propia presidencia de la República.

Yo parto de la base de que el pueblo puede comprender. Otros parten del principio contrario.

El pueblo comprende. Pero la responsabilidad del político existe. Si usted gana y dice «voy a hacer esto» y luego lo hace, el pueblo pensará que el presidente Sarkozy cumple lo que promete. Y la institución que usted representa se verá reforzada.

Usted tiene razón para el 99% de las decisiones. Pero hay decisiones de ruptura que deben ser adoptadas por el pueblo.

Pero el pueblo adopta esa decisión al votarle. Usted se presenta con un programa.

No tiene la misma fuerza. Cuando yo le diga a mis colegas europeos, vamos a suspender la reagrupación familiar, lo haré apoyado por la fuerza del referéndum.

Entonces usted busca una legitimación añadida.

Todos buscamos legitimidad.

¿Y no es una forma de trasladar la responsabilidad, que le corresponde al dirigente político, al ciudadano? Sorprende en un hombre como usted, que no tiende a rehuir sus responsabilidades...

Es un gran elogio el que me acaba de hacer: soy capaz de sorprenderla. Formidable. Qué hay más bello en la vida.

Bueno... ¡Hay sorpresas más felices que otras!

Ja, ja. Mire: yo quiero dar respuesta a la crisis de la democracia francesa.

Hace unos días, en una entrevista en televisión, le preguntaron si había usted cambiado desde su salida del Elíseo. Contestó: «Soy menos binario». Y sin embargo hay respuestas muy binarias en su discurso: la plebiscitación de la política; el pueblo contra las élites...

No, porque un referéndum justo después de una elección presidencial, que es lo que yo propongo, es lo contrario de un plebiscito. El plebiscito se hace más adelante en un mandato para buscar una nueva legitimidad. 
Pero, precisamente, si usted gana las elecciones y es electo presidente, ¿qué necesidad tiene de ser legitimado?

Los referendos que propongo son sobre dos asuntos concretos, que requieren un cambio constitucional y de los Tratados europeos. Solo sobre ellos solicito el apoyo del pueblo.

¿No será que hace estas propuestas simplemente para agitar su campaña, para que hablen de su proyecto?

Si así fuera, no sería ilegítimo. Sin embargo, yo desde hace ya varios años considero que la participación directa del pueblo será clave para la regeneración de la democracia. Cuando el político va al encuentro del pueblo devuelve la legitimidad a las instituciones.

Busca usted la cobertura de De Gaulle para estos referendos, diciendo que él también los convocó.

De Gaulle sigue siendo un ejemplo.

Pero hay otros: Santos, Cameron, Orban.

¿Pero cuál es mi relación con todo eso? Cameron hizo un referéndum sobre Europa, que yo rechacé. Santos hace un referéndum sobre la paz y la guerra; creo que tenía razón. En cuanto a Orban, ¿cómo se puede decir que no es un demócrata? Convoca un referéndum, la participación no alcanza el 50% y él acepta que es un fracaso.
Lea la entrrevista completa, aquí

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