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dijous, 5 de gener de 2017

En el espejito mágico de la izquierda ya sólo se refleja el rostro de Donald Trump


La izquierda, incluída parte de la socialdemocracia, debería estar dando su apoyo -crítico, of course- a Donald Trump ya que, por fin, alguien ha llegado al poder enarbolando algunas de sus ideas angulares. Deberían estar contentísimos, pero no lo están en absoluto porque les cabrea no haber sido ellos los líderes de esta revolución sino su alter ego de derechas.

Por un lado, Trump no se fía de la globalización y defiende el proteccionismo, que ha sido el gran estandarte de la izquierda desde que la bandera roja con la hoz y el martillo quedó relegada a souvenir para turistas. Sin embargo, Trump ha capitalizado esas ideas y ellos no. ¿Por qué? Pues por qué mintieron. Decían y repetían, con su inagotable suficiencia, que la globalización sólo beneficiaba a los países ricos y perjudicaba a los países pobres, cuando lo que pasaba en realidad era más bien lo contrario. Trump lo comprendió y lideró el descontento de los perdedores, mientras que la izquierda siguió con sus fantasías, confundiendo molinos con gigantes,

Por otro lado, Trump se ha propuesto limitar el poder de la CIA y de la Dirección Nacional de Inteligencia, los grandes demonios de la izquierda. De la vieja izquierda y de la nueva. De la de Fidel o Mao y de la de Assange o Snowden, por decir algo. A la CIA se le ha imputado todo lo malo que pasaba en el mundo. Se la ha convertido en una agencia omnipotente, pero más por la 'publicidad' que le ha hecho la izquierda que por méritos propios. La realidad es que la historia de la CIA es la historia de un fracaso (encargaron la detección de agentes dobles a... ¡Kim Philby!; subestimaron en cuatro años la capacidad de la URSS para ser potencia nuclear; la cagaron en Bahía Cochinos; no acertaron en ninguno de los reiterados intentos de matar a Fidel Castro; estimaron equivocadamente la no participación de China en la Guerra de Corea o arfirmaron 'ex catedra' que Saddam Hussein disponía de ADM operativas sin tener un solo espía en Bagdad).

Pues bien, ahora que habrá un nuevo inquilino en la Casa Blanca que pretende ser un freno proteccionista a la globalización, que quiere meter en cintura a las farmacéuticas, dar atención pública a los veteranos de guerra y erigirse en un baluarte frente al poder casi ilimitado de la CIA, la izquierda no lo ve como aliado sino como enemigo. Y es que en el espejito mágico donde se contempla la izquierda ya sólo se refleja el rostro de Donald Trump.

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