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divendres, 15 d’abril de 2016

Sólo la demagogia amenaza al crecimiento


Para adivinar en qué dirección sopla el viento, sólo hace falta escuchar a Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional. En discursos recientes, nuestra emperatriz de los tópicos y las relaciones públicas retoma la hipótesis de que el aumento de la desigualdad de ingresos amenaza el crecimiento. ¿De dónde saca esta idea tan de moda? Probablemente de la obra neomarxista de Thomas Piketty, buen historiador y mal economista, cuyo éxito fue organizado por los editorialistas anti-globalización y anticapitalistas estadounidenses, Paul Krugman y Joseph Stiglitz. Una canción que también podemos escuchar en la campaña del candidato socialista Bernie Sanders, como un eco del movimiento Occupy Wall Street y de los Indignados en Madrid. Pero no por que una propuesta que esté de moda ha de ser correcta. La relación entre la desigualdad de ingresos y el crecimiento nunca se ha probado. El propio Piketty admite que es sólo una hipótesis. Por el contrario, sabemos por experiencia que cualquier crecimiento se acompaña necesariamente de un cierto grado de desigualdad: la cual se debe tanto al propio crecimiento, ya que la innovación beneficia más a las actividades avanzadas que a los oficios tradicionales, como probablemente al deseo de enriquecerse más que su vecino y que le anima a emprender. Por el contrario, las sociedades perfectamente igualitarias (en teoría, no en la práctica), como la Cuba comunista, la URSS, China y Tanzania, están estancadas.

De lo que quieren persuadirnos Piketty, Lagarde y compañía, y que es todo menos científico, es que las sociedades modernas han llegado a un nivel sin precedentes de desigualdad, de manera que la gente estaría dispuesta a rebelarse contra la economía de mercado. Por otra parte, los ricos, demasiado ricos, ya no tienen ninguna razón para invertir en el futuro. Una vez más, nada de esto se ha demostrado: estamos en la ideología. ¿Es compatible con algunos hechos?

Es cierto que sobre todo en los Estados Unidos se formó, en los últimos veinte años, una clase de súper ricos, que podemos evaluar en el 0,1% de la población, más ricos de lo que nunca fueron los Carnegie o los Rockefeller. Este grupo no se puede considerar constituido por verdaderos empresarios ya que casi todos ellos se limitan a invertir los fondos que les confían sus clientes, aún más ricos que ellos, de China, Rusia, Qatar o Brasil y que encuentran en Wall Street un refugio para los bienes bien o mal obtenidos. Pero, estos súper ricos estadounidenses, además de pagar los impuestos, que en Nueva York son tan altos como en Europa, redistribuyen gran parte de sus ingresos en obras filantrópicas. ¿De qué manera pueden constituir un obstáculo para el crecimiento de los Estados Unidos? No lo vemos. Por el contrario, son los evasores de impuestos que se esconden en Wall Street los que impiden el desarrollo de sus países de origen. Los ataques de izquierda contra Wall Street se equivocan de objetivo: los que están comprometidos con el desarrollo y la equidad social deberían tomarla con los cleptócratas de China, Rusia y América Latina.

El otro argumento anti capitalista que acusa a la desigualdad de ralentizar el crecimiento es que obedece al estancamiento de los salarios medios en los Estados Unidos, a pesar del crecimiento y el pleno empleo. ¿Es mejor tener un trabajo y un salario constante en una economía en crecimiento como los Estados Unidos o vivir en una Europa más igualitaria, sin trabajo y sin salario? ¿Qué peinsa de ello Christine Lagarde? Conviene que consulte rápidamente a su servicio de relaciones públicas de emergencia.

También es innegable que los salarios medios de los Estados Unidos se estancan, pero es ¿una buena medida para describir la situación real de un trabajador estadounidense? En primer lugar, el número de empleados tradicionales sigue disminuyendo, ya que una cuarta parte de la población es ahora empleada de sí misma, como emprendedor o contratista en el modelo exponencial de Uber. En segundo lugar, un mismo salario con diez años de diferencia proporciona acceso a más bienes y servicios que antes, porque los precios caen: computadora, teléfono celular, el transporte aéreo, entre otros artículos de lujo o inexistentes hace diez años, están ahora al alcance de todos. En resumen: el salario es constante pero aumenta el poder adquisitivo real. Por último, todas las observaciones pesimistas sobre el estancamiento de los salarios se refieren a los salarios directos, descuidando deliberadamente los indirectos que, en todos los países desarrollados, incluyendo los EE.UU., se complementan con muchas ventajas sociales, beneficios adicionales, escuelas gratuitas, pensiones, seguridad social, ayudas a la vivienda, etc.

En resumen, la verdadera amenaza para el crecimiento no es la desigualdad denunciada por Lagarde, Piketty y compañía, sino el riesgo de que nos tomemos en serio su punto de vista, que es lo que de verdad afecta al crecimiento real que sólo genera la economía mercado / GUY SORMAN
Artículo original en francés, aquí



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