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dilluns, 11 de juliol de 2016

La disposición conservadora

El filósofo británico Michael Oakeshott

Robert Conquest declaró en alguna ocasión las tres leyes de la política:

1. Todo el mundo es conservador con respecto a lo que conoce mejor.

2. Toda organización que no es explícitamente de derechas acaba volviéndose de izquierdas tarde o temprano.

3. La explicación más sencilla del funcionamiento de cualquier organización burocrática es pensar que la dirige una camarilla de sus enemigos.

Las tres normas tienen un propósito humorístico. No es difícil encontrar contraejemplos. He recordado la primera ley estos días, cuando escuchaba explicaciones un tanto condescendientes sobre el voto del miedo, que habría permitido la victoria del PP en las elecciones generales del 26-J. Había ganado la opción conservadora. Y lo conservador, como casi siempre se entiende enseguida, era algo malo, aburrido, cobarde y levemente mezquino.

Yo no soy políticamente conservador. Creo que muchas tradiciones contribuyen a la opresión y reprimen la libertad individual y a veces los gobiernos deben ir un poco por delante. Los símbolos del conservadurismo están lejos de mi educación sentimental, de mi socialización política y de mis referentes culturales. Pero creo que esa condescendencia es injusta.

En “To Be a Conservative”, una conferencia pronunciada en 1956 en la Universidad de Swansea y recogida más tarde en su libro Rationalism in Politics, Michael Oakeshott escribió: “Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo que se ha probado a lo que no, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo infinito, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica”. No es un intento de regresar a una edad de oro pasada (aunque ese elemento está en algunas ideologías de derecha o de izquierda), sino una apreciación del presente, que a menudo va acompañada de la conciencia de que el mejor cambio genera perdedores. “No se idolatra lo que está pasado y desaparecido. Lo que se estima es el presente; y se estima no por sus conexiones con una antigüedad remota, ni porque se reconozca porque sea más admirable que cualquier alternativa, sino por su familiaridad.” Se trata de una disposición “cálida y positiva con respecto al disfrute y fría y crítica con respecto a la innovación y el cambio”. Es difícil imaginar el mundo sin ella: “Cada vez que se alcanza una identidad firme, y también donde parece que la identidad está en un equilibrio precario, es probable que prevalezca una disposición conservadora”. | Daniel Gascón
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